jueves, 13 de agosto de 2009

La tia Bertha



Se me humedecen los ojos, como casi queriendo escapar una que otra lágrima. Quizás sea una de las tantas maneras que existe para desahogarse, desquitarse o expresar algo. Algo que no puedes ver, tocar, volver a vivir o sentir. ¿Suena a figurado?

Me encuentro sentado en la segunda fila de asientos del lado izquierdo de un vehiculo de transporte urbano. Soy un pasajero más con un rumbo definido. La avenida es larga y me parece interminable. Los minutos pasan, el sol cae, la tarde se vuelve espesa y la noche comienza a nacer susurrando con su voz a través del viento besando mis mejillas por la ventana de la línea “Sol de Oro”.

La línea 75 se ha detenido y me acabo de promiscuar dentro de esta bestia ya cotidiana en Lima. Atrapado en una congestión vehicular insoportable, como dije: todo pasa, todo transcurre. El tiempo, las nubes, los pájaros libres en el cielo. Todo incluso mis recuerdos. Estos comienzan a inmigrar hacia el presente, exactamente al asiento numero tres; lado ventana a medio metro del pasillo. Y es que en mis veintiséis años de existencia estas imágenes que vienen cada ves con mas fuerza, las recuerdo con añoranza.

Con la unidad detenida, recuesto mi cabeza sobre la parte mitad de la ventana que se encuentra cerrada, preguntándome si llegaré a tiempo, si la hora se detendrá y se volverá mi aliada. Si, mi visita a aquel emporio de la publicidad, allá en la Av. Wilson será exitosa y no se base en cuestión de suerte. Pensando en un océano de estupideces y reflexiones, pensando incluso en la próxima visita de la italiana Laura Pausini. Se oyen los frenos de un bus interprovincial, con sus colores llamativos, las letras grandes anunciando la marca del producto. Su desmesurado y elevado tamaño, las enormes y negras llantas de caucho, aparentemente nuevas, dejan al microbús en la cual me hallo sentado como una hormiguita al lado de un elefante. Y es aquí cuando me percato de algo; las grandes ventanas que se elevan por encima de la carrocería. Esas ventanas que me vuelven a una hora y segundos, a un día, a un mes, a un Terminal terrestre o “terrapuerto” allá por el año de 1986 cuando él que escribe tenía 3 años de edad y aun no se imaginaba estar sentado dentro de 23 años frente a un monitor clikeando un mouse contando lo que le iría a suceder ese día.

Al redactar estas cortas líneas, nuevamente me embarga la pena, esta vez los ojos no son los que se me quiebran sino mis dedos que través de este párrafo arroja lágrimas.

1986. Todo estaba limpio, habían muchas bancas, y varias personas algunas apuradas y otras sentadas esperando algo, pero había algo que me llamaba la atención todas llevaban maletas, bolsas o algo siempre en la mano. También me percate que hubieron “señoritas bonitas”, así las llamaba a las que eran las counter, para mis tres años aun esa palabra no existía en mi pobre e inculto bagaje, el cual hasta ahora trato de mejorar y cuesta. De verdad que aquellas counter eran bien bonitas, recuerdo a duras penas que llevaban puesta una especie de chaleco crema con rayitas rojas, el pelo bien amarrado hacia atrás que culminaba en un moño. Obviamente la parte inferior no se le podía ver ya que se encontraban tras un mostrador. Me imagino pues, por esos años ellas tendrían entre 20 y 25 años, no lo se; me pongo a deducir, sumar y restar ahora ellas deberían tener mmm…. 20 + 23 = 43,… guauu,… casi ya nada debe quedar de estas “señoritas bonitas”, me las imagino con el cuerpo flácido, estrías, gorditas, quizás con hijos; madres abandonadas, operadas u de repente todo lo contrario. Bueno ese no es el punto.

Estaba acompañado por mi madrina Bertha, la tía Julia y “el abuelo”. Yo no sabía, ni me imaginaba a donde íbamos a parar, mi tía Julia me decía que había que esperar, solo esperar. Estuvimos así los cuatro, “el abuelo” se la pasaba mirando un gigante ventanal casi oscuro, a través de este se dejaba ver un patio enorme. La tía Julia y Bertha se la pasaron charlando casi la media hora que duró la espera, y yo sentado y aburrido viendo la televisión que estaba colgada en un track, de rato en rato me paraba, pero ese era el momento en la cual las dos tías dejaban de platicar para poner sus ojos en mí y me decían, y me decían:

-¿A dónde vas?, ¡quédate aquí!,… por allá no. etc. etc.

Hasta que se oyó una voz fuerte que se lograba oír en todo el local, era una voz grave y varonil que anunciaba la salida del bus,… eso no lo recuerdo. Y un “carro grande” se estacionó frente a la gran ventana que dejaba ver el patio. La tía Bertha, observé que Bertha se comenzaba a despedir de Julia y de “el abuelo” luego se volteó y se dirigió hacia mi pequeña humanidad; me atinó a decir con voz suave:

-Ya vengo “chantro”, te cuidas y te portas bien, ¿ya? comes toda tu comida, obedece al “abuelo”, chau ¿ya? Te traigo chocolates.

Se me caía el cielo encima, no solo el cielo sino todo el Terminal terrestre sobre mí. Un millón de preguntas comenzó a invadirme, los ojos comenzaron a enrojecerse, tenía ganas de llorar, muchas ganas, pero me aguantaba. Hasta que mi tía Bertha echase a caminar alejándose de nosotros, con rumbo a la zona de embarque, me acuerdo de eso por aquel cartel que colgaba del techo de igual forma como las lámparas. Yo estaba inmóvil, quizá el hecho de que ella me dijera “ya vengo” me hacia pensar que no demoraría mucho, u que tal vez le dieron ganas de ir al baño, también llegué al extremo de pensar que se estaba yendo a trabajar,… ¿un sábado a las 7:30 de la noche?.... fue cuando ya presentía que no podía aguantar más.

-¡Chau Bertha te cuidas! – le alcanzó a gritar la tia Julia.

Fue en ese momento que deduje que Bertha se estaba yendo lejos, muy lejos. Y las ganas aguantadas que tenía de llorar ya no pudieron contenerse más. Comencé a decir:

-No te vayas tia Bertha, no te vayas- una y otra vez.

Y de pronto me eche a correr hacia ella, llorando y repitiendo: ¡no te vayas tia Bertha, no te vayas! Mientras mi tia Julia venia corriendo tras de mí. El abuelo por ser abuelo no podía correr.

Ella se volteó se dió cuenta que iba corriendo y llorando tras ella. Me abrazo y luego me entrego a mi tia Julia. Me puse a llorar peor, el llanto se volvió fuerte y sincronizado con mi respiración. Luego Julia me dijo:

-¡Vamos por aquí, para ver a tu tia, vamos para que nos vea!

Fue la última vez que la toqué aquel día. Me llevó frente a aquel gran ventanal, se observaba aquel “carro grande”-como yo lo llamaba- el bus era todo crema en su carrocería llevaba dos líneas horizontales rojas, lo que mas me llamaba la atención era sus grandes llantas.

Solo podíamos mantenernos detrás de aquella ventana, yo deseaba pasar pero estaba prohibido. Mis llantos no cesaban.

-¡Allá esta tu tia, allá esta tu tia, despídete, álzale la mano! – me decía Julia.

Me volví alborotado, lloriqueaba y gritaba como un loco, la miraba a Bertha por la ventana y ella también me miraba a través de la ventana del bus, se despedía alzando y moviendo la mano, diciendo chau. Cada vez que ella movía la mano mis llantos eran peor, y se transformaron en una pataleta incontrolable.

Solo ese recuerdo me queda de aquel sábado de 1986, esa despedida fue una eternidad para mis cortos tres años. Ver a mi madrina, a mi tia Bertha, que se despedía a través de la ventana de un bus con rumbo a Tacna. Aquella que me engreía y me rascaba la cabeza para que yo me duerma, ella que cada sábado a las siete de la mañana me dejaba subir a su camarote para estar a su lado, la que me llevaba al mercado de la mano y unas que otras veces me compraba algún dulcecito, ella que jugaba conmigo cuando le revolvía su cabello y me asustaba, la que me hacia muecas arrugando su nariz.

Y de pronto un movimiento interrumpió aquel regresar de mis recuerdos. La “Sol de Oro” reinició el trayecto, y observaba a través de la ventana como aquel bus pasaba por mi lado dejando atrás a la unidad en la cual me hallaba. Se me humedecen los ojos, como casi queriendo escapar una que otra lágrima. Quizás sea una de las tantas maneras que existe para desahogarse, desquitarse o expresar algo. Algo que no puedes ver, tocar, volver a vivir o sentir. Yo me quedaría con lo último: algo que no puedes volver a vivir o sentir. Como deseo volver a ser un niño, y quedarme ahí.



















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